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Descubriendo a Melquíades

 

Por: Elmer De La Ossa Suarez
elmerosa@yahoo.es

A los amigos José Gabriel Espinosa y Luis Eduardo Ramos por instigarme a escribir

La historia que aquí se cuenta está basada en hechos reales, narrados por personas que aun viven, y sí la fuerza de los hechos mismos, hace que aflore en ella algún parecido con el “realismo mágico”, puede ser una mera coincidencia.

“Melquíades salía bajo la lluvia y no se mojaba, y el viejo baúl lleno de libros de magia que trajo en uno de sus viajes, y que permanecía en el rincón del cuarto, era visto con recelo… Lo mirábamos de ladito y nadie jamás se atrevió a tocarlo”, recuerda como si fuera ayer Adolfo Palencia Díaz, nieto de Prudencio, el primo y hermano de crianza de Melquíades Jacinto Díaz Ortega, el Melquíades nuestro, ese que habitó hace mucho tiempo la mítica región comprendida por la Sábanas, el San Jorge y La Mojana, ubicada en la Provincia de Bolívar.

Esta historia comienza el día 10 de diciembre de 1864 en Sincé —Bolívar—, con el nacimiento de un niño de piel morena e híspida, de un peso y tamaño inferior a los de los nacimientos de la época, presagio de que sería, como en efecto lo fue, de baja estatura. Lo bautizaron con el sugestivo nombre de Melquíades, y desde niño fue de temperamento tranquilo, pero callejero. A una edad temprana, y cuando las penurias económicas de la familia se hicieron más apremiantes, se vio obligado a irse de Sincé, por primera vez, a probar suerte en otros lares, y según los recuerdos vagos de sus parientes, viajó en barco fuera de Colombia, y sólo se tuvo noticias suyas cuando regresó hecho un hombre, cargado de una experiencia que superaba a la de los mayores de su extirpe, y envuelto en un aurea de misterio que a todos producía un miedo reverencial.

Lo único que trajo consigo fue la “muda de ropa” que tenía puesta, y que por lo ajada y sucia por el viaje, le daba un aspecto grimoso, y un enorme baúl de color negro y aspecto mitológico, lleno de libros de hechicería. Sólo fue suficiente que hiciera su aparición en la región, para asombrar a todos con las noticias que trajo, y que contaba con tono ceremonial yendo de esquina en esquina, en todos los pueblos que visitaba… Bastaba llegar a una esquina y al instante estaba rodado de viejos, jóvenes, mujeres y niños, del centro o de “la orilla”, eso no importaba, cuando se trataba de oír hablar a Melquíades. La multitud se apretujaba a su alrededor —pero como algo sobrenatural, no lo sofocaban y quizás ni lo tocaban, sino que se mantenía en un plano más elevado que sus oyentes, desde donde era muy fácil verle y oírle, incluso para los que preferían quedarse en las puertas de sus casas— en ese desespero de la gente por tener la versión más fiel y clara de lo que tenía que decir ese pregonero de lo nuevo y de lo desconocido.

— En ese otro mundo por donde estuve, hay unos aparatos que le permiten a uno hablar con personas que se encuentran lejos, no importa la distancia —decía Melquíades, con un ardor y un entusiasmo siempre crecientes, los que transmitía fácilmente a su audiencia—, se refería indudablemente al teléfono.

Durante su segunda estadía en Sincé, después del primer retorno, muy a pesar de su baja estatuara, Melquíades empezó a ganar fama por su fuerza descomunal, y su carácter taciturno y callado hizo que aumentara el aire de misterio que lo rodeaba, convirtiéndose en un hombre temido, pero al mismo tiempo siempre atractivo para el desafío. Se cuenta que en los fandangos de su época, cuando las gentes, por la valentía que produce el trago, lograban vencer el miedo que él les inspiraba, le aguijaban hasta la ofensa para ponerlo a pelear con fornidos muchachos de su edad, pero él siempre lograba evadir esos retos y se limitaba simplemente a “quitarse de encima a empellones” a sus agresores, haciéndolos rodar por el suelo dando volteretas sin ningún control.

De las cosas que más llenaba de admiración a su familia y a cuantos lo conocían, era cuando salía a la calle bajo la lluvia y no se mojaba…

¡Y el suceso del huevo!… uno de los hijos menores de la casa recogió del patio un huevo de gallina recién puesto y según le contó a la mamá con gran susto, al ponerlo sobre el baúl de Melquíades éste lo absorbió al instante. Todos corrieron hacia el baúl, pero por el recelo que tenían por aquel cofre y por el temor insuperable a abrirlo, se detuvieron en seco y sólo se atrevieron, quizá por primera y única vez, a rodearlo en un semicírculo y a mirarlo directamente sin encontrar la menor señal del huevo.

Se hizo popular por su capacidad de trabajo, en 1912, sin la ayuda de nadie, en una semana construyó el aljibe de 100 metros cúbicos de la vieja Casa Romerana y el cual, hoy 98 años después, está intacto.

La fuerza lo acompañó hasta su muerte y se cuenta que estando ya entrado en años, desatascó un viejo camión atollado en un camino lleno de barro y al que quince hombres no habían podido mover siquiera, pero Melquíades solo, halándolo con una cuerda atada a su cintura, lo remolcó veinte metros sin mucho esfuerzo.

En alguna ocasión, al ser contratado para “desmontar” una finca de la familia De La Ossa Jaraba, requirió que hicieran comida para veinte hombres y al preguntársele dónde estaban esos hombres, respondió:

—Eso es problema mío, ustedes hagan la comida que yo la vengo a buscar, y tengan mucho cuidado —advirtió con severidad extrema— que nadie se acerque por mi trabajo.

Ante semejante misterio, mi padre, que era apenas un niño, y quien se encontraba en la finca, se dejo llevar por la curiosidad y, furtivamente se acercó al sitio del desmonte, encontrando el espectáculo de cientos de micos con enardecida gritería paloteando el monte, pero al sentir la presencia del intruso se desordenaron, formando un remolino tosco de vueltas y revueltas, el curioso muchacho huyo despavorido hasta el rancho y al poco tiempo se presentó Melquíades protestando porque “algún necio le había dañado su trabajo”.

Realmente, la vida de Melquíades fue un perpetuo desaparecer con rumbo desconocido y aparecer cada tantos años, siempre con historias fascinantes con las cuales asombraba a los lugareños para quienes el mundo estaba constituido sólo por la simbiosis —como en una sola región única pero a la vez diferentes— de tres regiones: la Sabana, el San Jorge y la Mojana, y era que realmente él las vivía plenamente cuando estaba de regreso en ellas, al alternar su residencia entre Sucre, la Villa de San Benito Abad y Sincé, pero asimismo tenía la fuerza suficiente para dejarlas e irse a recorrer ese mundo que está más allá de su fronteras, el que para la mayoría de sus paisanos no sólo era desconocido —casi inexistente—, sino lleno de trampas y peligros.

En uno de esos tantos regresos a Sincé, justo el día del sepelio de su primo y hermano de crianza Prudencio Díaz, el único de sus ascendientes que existía a la sazón, al preguntarle la hija de Prudencio, sorprendida por la oportunidad de su llegada:

— ¿Tío quién le avisó de la muerte de papá?, él le respondió:

— Estaba en la Villa, lo evoque entre los vivos y no lo encontré, entonces lo busque entre los muertos, y allí lo encontré.

Enseguida, al indagar por la situación económica de la familia que dejaba su primo, le confiaron:

— Hemos caído en desgracia porque mi padre hace dos años sirvió de fiador a un amigo por diez pesos ante don Antonio Ulloa y, como su amigo no pagó don Antonio le dijo que “el fiador era pagador”, y él fiel a sus principios pagó toda la deuda, y continuó explicándole:

— Ayer cuando el amigo vino a darnos las condolencias, le cobramos el dinero y este nos dijo, señalando por encima del hombro con el pulgar hacia atrás el ataúd donde yacía papá, que ese dinero él se lo había pagado ya.

— No te preocupes hija que él paga… él paga, de eso no te quede la menor duda —le respondió Melquíades.—

El día siguiente al entierro en la mañana, Melquíades con su sobriedad característica y con la precisión de un artesano que conoce su oficio, mando traer una vela blanca, la encendió al revés, la puso detrás de la puerta principal sobre un plato de loza pequeño, hizo sus conjuros y le dijo a su sobrina:

— Yo voy a salir, si el señor trae la plata apaga la vela.

Por la tarde cuando Melquíades regresó a la casa, su sobrina le refirió que al poco tiempo de él haber salido, el señor trajo la plata, ofreciendo disculpas por el olvido, y que le contó con un aire de gran turbación: “Tuve una súbita y gran inquietud esta mañana que me laceró profundamente y me hizo recordar que en verdad yo no le había pagado a Prudencio.”

Melquíades tuvo durante toda su vida no un temor, sino un pavor irracional y enfermizo a la infidelidad de la mujeres, convirtiéndolo esta obsesión en un hombre solitario y desconfiado, pero en alguna ocasión, siendo aún muy joven, mantuvo una unión libre con una mujer a la cual le recomendó que nunca le fuera infiel porque él lo sabría enseguida, y quizá esta advertencia produjo en ella un efecto contrario al buscado, y más bien acicateó el deseo y el acto de una infidelidad. Más demoró ella en hacerlo que Melquíades en saberlo, pero no le dijo nada sino que espero sin afán y sin la menor alteración en su comportamiento al momento natural y al día adecuado para tener intimidad con su mujer, y cuando ella estaba desnudándose, en el preciso momento en que tira hacia abajo el elástico de su “moruno” para quitárselo, se escuchó un horrible ruido gutural que le salía de la vagina y que no sólo era incontrolable y estentóreo sino que a medida que transcurría el tiempo aumentaba en intensidad y en variedad de sonidos. Al sentirse descubierta, la mujer salió corriendo enloquecida haciendo pública su vergüenza. Ésta era la prueba inequívoca de la infidelidad, y la efectividad del hechizo fue tal que marginó de espanto, y por siempre a los hombres de la vida de la infortunada mujer.

En otro de esos tantos regresos convivió con Gregorita, con quien tuvo su hijo Ángel, más conocido como “yuca asá” quien vive todavía y quien al parecer logró sustraerle unos libros de su baúl de mago y prolongar en él algunos de los poderes de su padre.

Entre sus hazañas en Sucre, se cuenta la de ponerse de acuerdo con sus amigos para viajar a pie a Magangué, pero cuando llegaban al puerto les decía, — Vayan andando que yo me los alcanzo, y en efecto en la vía se los alcanzaba un perro de color negro que jugueteaba con ellos por un rato, y que después proseguía su marcha. Cuando sus compañeros alcanzaban a llegar al final del recorrido, totalmente exhaustos de tanto caminar, ya Melquíades estaba tomando café tinto y muy fresco en el puerto de Magangué.

Y a todas estas de la historia.

— ¿Dónde está Adolfo Palencia Díaz?

No debemos olvidar que esta búsqueda comenzó de la mano de Adolfo, y que él ha venido acompañándola, discretamente, en todo su sinuoso recorrido, presenciando la aparición de todo tipo de personajes y de hechos, inmersos dentro de una trama sometida a una intensa agitación, pero que al aquietarse, permite ver el lento pero fulgurante surgimiento de la figura monumental de Melquíades… Con sus cualidades singulares y sus gestas epopéyicas, como fueron, entre muchas, su prodigiosa memoria y su capacidad infinita para ingeniarse estratagemas, como la que se inventó para ganarle de mano a los achaques de la vejez: ordenó sus libros de tal manera que cuando necesitaba que le copiaran una “oración” para venderla, sólo tenía que solicitar el número correspondiente a la posición dentro de ese orden establecido que llevaba en su mente, y pedir le buscaran en una página exacta, que se sabía de memoria.

— Adolfo, tráeme el libro número cinco… Ábrelo en la página treinta y tres… Transcribe la “oración” que allí aparece.

Una vez que el sobrino le entregó la “oración”, escrita en una hoja arrancada de un cuaderno sucio y arrugado, que mantenía enganchado enrollado entre las cabezas de la palma del alar de la “casa del patio” donde vivía, se la devolvió diciéndole:

— Ésta es para ti, y con ella puedes hacer en un día el trabajo de una semana, entonces Adolfo le preguntó:

— ¿Cobro la semana?

—No, sólo el día, —le dijo Melquíades, con el tono tranquilo de de siempre—.

—Entonces tío, mejor dejemos “las vainas” así.

En su senectud continúo vendiendo conjuros y sortilegios para todos los propósitos —para la buena suerte, para conseguir novia, para negociar lo innegociable— y fabricando elíxires como el que le preparó a don “Zequielito” Romero Campo para los efectos de revitalizar y prolongar la vida de ese “compañero de los hombres” el que todos quisiéramos que sí se muere sea después de uno…Y la otra fórmula que le preparó a don Miguel Ucrós para descubrir “a través de la diarrea” quién le estaba robando el suero del calabazo del patio de su casa.

Facsímil del Acta de Defunción de Melquíades Díaz Ortega.
Facsímil del Acta de Defunción de Melquíades Díaz Ortega.

La muerte sorprendió a Melquíades en Sincé a la edad de 106 años en la casa donde vivía “arrimado”, en el corazón mismo del barrio “La Ceja” en todo el lado del “Atracadero” —el sitio de tertulias y parrandas de nuestros padres y abuelos— y fue un cara a cara con un hombre totalmente acabado, y al que sólo le quedaba un tupido y suave pelo blanco que le cubría todo su famélico cuerpo, haciéndolo ver como una criatura fantasmagórica, que producía, en todos, una complicada mezcla de temor, compasión y ternura. En la escena de su muerte se dieron toda clase de manifestaciones, apariciones, ruidos y voces que lo llamaban y que no tenían explicación alguna. Batalló con sus sortilegios durante veintiún días con sus largas noches, sin poderlos vencer, muy a pesar de que los médicos lo habían desahuciado… Literalmente se moría y resucitaba, como repitiendo ese eterno irse y volver que fue su vida. De nada valieron los rezos para ayudar a desprender su alma, y mucho menos le sirvió probar todo tipo de recomendaciones —como acostarlo boca abajo, acostarlo sobre tierra del cementerio, untarle limón en forma de cruz en los ojos— dadas por todos los habitantes del pueblo, quienes en romerías interminables iban y venían dando la fórmula mágica que permitiera su partida definitiva del mundo de los vivos y, en ese ajetreo frenético, llegaron hasta cruzar apuestas de todo tipo sobre quién sería el que lo ayudaría a liberarse… Sólo pudo morir cuando Félix Balbín, anunciando que Melquíades tenia los “niños en cruz”, procedió entonces sin dilación alguna a extraérselos mediante una incisión en la parte lateral interna de sus brazos, usando una navaja filuda cacha de nácar… Y expiró… Así fue como se puso fin a la agonía de un hombre y a la vigilia de todo un pueblo.

Desde entonces y para siempre, la sincianidad de ese “tiempo no tan viejo”, ha recordado las quimeras de Melquíades…

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