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Confabulación

Cuando Lorena, vestida impecablemente de negro, depositó sobre el féretro un hermoso ramo de gardenias, sintió desvanecerse.

Anegados los ojos, temblorosa y confundida, se incorporó lentamente y se recostó contra una pared.

Lorena Iragorri era, a sus treinta y seis octubres, una mujer que parecía haber vivido 50 inviernos.

Terminó tardíamente sus estudios primarios y tardíamente concluyo sus estudios superiores. Se inscribió tarde en la universidad por lo que tuvo que esperar un año más para iniciar sus estudios profesionales. Cuando al final alcanzo su título profesional, era la única estudiante que pertenecía a promociones anteriores, puesto que sus compañeros de estudio iniciales se habían graduado hacía cuatro semestres académicos.

Soltera, como sus otras dos hermanas mayores, soñaba con encontrarse en su camino con un príncipe azul o “con un paje colorado” como decía irónicamente ante las burlas de sus casadas e infelices amigas.

Empezó a trabajar, con la esperanza de encontrar en el devenir constante de estrés y ordenes un trampolín para darle el cambio que necesitaba su vida… ¡y así fue!

Conoció en el trabajo a alguien: Omar, hombre, 38 años, moreno, comerciante informal, y sobre todo tan terriblemente soltero como ella.

Se hicieron amigos, comenzaron a verse con más frecuencia, repartieron y compartieron, soñaron despiertos y vivieron soñando, contemplaron sublimes amaneceres y tétricos anocheceres, vieron en cine cuarenta y ocho estrenos, asistieron a sesenta y cuatro conciertos, visitaron treinta y un restaurantes, nueve museos. Asistieron a cuatro bodas, ocho funerales y apreciaron dos eclipses totales de sol…y se hicieron novios.

Colocaron fecha para la boda, se probaron anillos, enviaron invitaciones, colocaron nombres a sus hijos, vieron casas, hicieron presupuestos y se midieron vestidos.

Una tarde de noviembre, exactamente un día antes de la boda, en un confuso hecho, Omar fue herido gravemente y murió.

Al día siguiente, en una fría y lluviosa mañana, recostada en una pared, envuelta en el sutil aroma de gardenias frescas e impecablemente vestida de negro, Lorena Iragorri llego a la pavorosa conclusión de que el tiempo, la muerte y el amor se habían confabulado, con selvático egoísmo, en su contra.

 

AUTOR:

Autor: Fredys Rafael Ruiz Cudriz “Efe Ruiz”

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