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Hacienda El Raicero [Leyenda]

Por: Alfonso Contreras Palencia
Narración: Juan Month Herrera 

Versión narrada

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La brisa suave mecía el pajonal como temerosa de asustar los toros que pastaban en la dehesa El Raicero.

Un olor a agua estancada se confundía con el ruido que hacia el caudal que corría por el arroyo El Raicero.

Ya la oropéndola había emigrado, no existía la mata de lata que era su hábitat preferido.

Los cantos de tantas aves nidófilas no hacían el armonioso concierto con sus trinos, y sus gritos o con sus aleteos simuladores de dueñas del territorio. Las garzas, algunas se quedaron esperando al compañero que se fue en el pasado verano, otras murieron de soledad y de frio.

Dicen los que bien conocen el paraje, El Raicero, que en las noches tibias ilumina la luna solamente esa área y baja de las grises nubes un ángel con alas multicolores arriando un novillo jabonero, puntas claras, que recoge la manada de toros que allí pastan. Cuando ya están en el rodeo, como si fuera un catedrático, el ángel, les explica cómo deben actuar en la corraleja para lograr el triunfo que alegra a su dueño Don Gabriel.

No sabemos qué bendición tiene La Hacienda El Raicero, porque en pleno verano ahí llueve. La hierba siempre está verde y el aire que se respira va cargado de olor a ganado, a la vez que se escucha una melodía orquestada por sapos, ranas, grillos y chicharras.

En las tardes de invierno cuando el sol en su ocaso lanza sus débiles rayos sobre campanos, cañaguates, polvillos, ceibas y matorrales se ve la majestuosa señal de “La alianza de Dios con el hombre”, el arcoíris que entre la llovizna y el rocío cruza de extremo a extremo el pastizal El Raicero.

Caída la noche a la luz de la luna y las estrellas se ve a Don Gabriel dialogando con San Martin de Loba; juntos recorren La Hacienda El Raicero cada quien en su caballo, así pasan la noche hasta cuando despunta el nuevo día.

Dicen que cada primero de enero entran a la finca, El Raicero, a media noche y cuando canta la lechuza, tres toros que en fila colocan las vacas en calor, las cubren engendrando nuevas crías. Son unos toros de extraordinaria estampa; se cree que el bravío de los toros de Don Gabriel se debe a esos engendros.

Pero hoy por hoy ya todo el mundo sabe que esos toros son EL CUSUBÁ, EL BALAY y EL PARACO, que de ultratumba regresan a la dehesa El Raicero de Don Gabriel para que sean buenas las fiestas en corraleja de toda la región sabanera.

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