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Hasta el jueves, señor cura” (Cuento)

Por: Fredys Rafael Ruiz Cudriz 

El destartalado Willys modelo cuarenta y dos, frenó estrepitosamente con un terrible chirrido de tapas de gaseosa antes de detenerse en la esquina principal de la lúgubre plaza de mercado. Remberto Ortega Santos, el chofer del adefesio mecánico  que databa de la Segunda Guerra Mundial, se ufanaba a ratos de ser el único que tenía los cojones necesarios para  atreverse a pilotear aquel armatroste que servía como medio de transporte en toda aquella agreste y olvidada zona del país. Intentó  estacionarse lo mejor que pudo en medio de un alud de bultos de papas, montañas de plátanos verdes, perros vagabundos y la jauría de gentes que pululaban a esa hora de la mañana en el abigarrado mercado del día domingo.

Los pasajeros bajaron a tumbos, reflejando en sus caras la incomodidad del pesado viaje, pero con la satisfacción de haber llegado a salvo.

Este día, a diferencia de los demás, Remberto Ortega se había colocado el único vestido que consideró decente en su ropero y que había adquirido como herencia casual de un primo hermano suyo, quien murió víctima del amor desmedido que profesaba a un Partido Liberal del que poco conocía.

Esa madrugada Catalina, su mujer, le había visto arreglarse en el silencio de la habitación y alejarse , aún adormitado, rumbo al pueblo.

Me vine sin despedirme-pensó, al tiempo que atravesaba la calle y se encontraba  de frente con la Iglesia. Se detuvo un instante y suspiró hondamente cayendo en la cuenta que desde la última vez que había venido a la casa de Dios, habían pasado más de diecisiete años y que esa vez lo  hizo solamente por entregarle un recado que le habían enviado al cura de ese entonces.

Se distrajo viendo entrar al templo a un grupo de viejitas grisáceas que luchaban contra sus propias dolencias para sobrevivir y recordó la primera vez que su abuela lo había traído a la Iglesia.

Se acercó a la puerta de la centenaria edificación y sintió un leve estremecimiento al ver las imágenes que desde niño le causaron una especie de santa repulsión y de angelical miedo. Recordó que alguna vez un pasajero  había bromeado diciendo que si los santos estaban felices en la iglesia, era por la “gracia de Dios”. Sonrió para sí y se sentó en la rústica banca ubicada en el último lugar escuchando, con un sopor asfixiante, las campanadas que indicaban el inicio de la misa de siete.

Estoicamente resistió el largo sermón en latín del cura, quien ensimismado en la homilía, parecía adquirir un aire sacrosanto. La misa cantada siempre le pareció graciosa y esta vez hizo un esfuerzo mayor para no reírse. Había tenido tiempo para contar que la congregación se había colocado ocho veces en píe y que el monaguillo había dejado caer dos veces el incensario.

La misa terminó más tarde de lo que él había calculado, pero sin el tiempo suficiente para prepararse bien en su intención febril de hablar con el cura, quien a esa hora despedía a la gente renovada transitoriamente en su fe católica. Cuando al fin lo vio solo, Remberto abordó al cura.

Tuvo que rasgarse dos veces el pecho para poder hacerle notar al cura su presencia en el recinto. Tomó aliento y sintió pena por lo aflautada que resultó su voz al saludar:

– Buenos días, padrecito.

– Buenos días, hijo mío ¿cómo estás?

 Aquella familiaridad le sorprendió  y le dio ánimos para seguir hablando.

– Mire padre, yo vengo aquí porque quiero confesarme.

El cura hizo un tétrico silencio mientras le miró de arriba abajo, con un detenimiento tal, que hizo sentir a Remberto, a sus 63 recién cumplidos años, como Dios lo había traído al mundo.

– Ah, ya veo – replico gravemente el cura, con esa vocecita aprendida en los pasillos seminaristas –pero hay un inconveniente porque voy ahorita mismo para el pueblo vecino a celebrar una boda y además, recuerde que las confesiones son los jueves y los sábados, le susurró dándole una palmadita cariñosa en el hombro izquierdo.

Remberto no supo qué decir. Sintió derrumbarse interiormente e hizo de tripas corazón para no contrariar con sus adustos gestos al representante de Dios en la tierra, mientras sentía que de nada había valido  haberse colocado unos zapatos tan apretados ese día.

– Bueno, entonces así será – respondió el contrariado chofer dejando entrever, a pesar de sus esfuerzos, un profundo malestar – Será hasta el jueves, señor cura…

Y así, sin más, dio media vuelta.  Alzó sus ojos al cielo y salió de la iglesia sin dar tiempo a que el cura se despidiera, sin esperar el paso de las viejitas grisáceas que se cruzaron nuevamente en su camino, sin importarle la lluvia que a esa hora se desgajaba a todo el largo y ancho de la comarca, pero con un remordimiento pertinaz en la conciencia que le duraría los dos días, cuatro horas y dieciocho minutos que le quedaban de vida.

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